Natacha  G. Mendoza

Amante del arte y la literatura. Reside en Canarias, donde encuentra la inspiración para escribir.

Pintura de Abyss

LATIDO

Siempre hacía lo mismo, les abría el pecho y sacaba el corazón que aún latía, sosteniéndolo en sus manos, admirándolo. Cuando dejaba de moverse, esperaba un poco hasta que bruscamente, dejaba de interesarle. Eso lo frustraba, tantas víctimas para encontrar el músculo perfecto, el que lo enamorara definitivamente. La cacería comenzó siendo muy joven, su madre fue la primera. Amaba el latido de aquel corazón, tan incondicional, estaba tan conectado a él, que sólo podía dormir si lo escuchaba. Cuando dejó la niñez, su madre alejó ese vínculo, sintió como si le arrancaran la piel lentamente. Agonizó durante años, lloraba cada noche esa ausencia insoportable. Y un día, en un arrebato de furia, lo hizo. Pero el corazón de la madre se detuvo rápidamente entre sus manos, estaba frío, y la sangre escapó deprisa dejándolo gris. Lloró horas, lloró meses, aún llora. Os podría decir el nombre del protagonista de esta historia, pero no deseo ponerle identidad. No quiero que lo hagáis persona, ni sintáis por él algún tipo de pena. Estoy describiendo a un animal. No debo llamarle de otra forma, y vosotros no debéis leer nada que lo acerque. No le importa el sexo cuando elije a sus víctimas. Digamos que si existe alguna norma, es la edad. Nunca son niños. Le interesan corazones grandes, que tengan trayectoria en tristezas, amor, pasiones. Cree que así, podrá encontrarlo. ¿Qué busca realmente? os preguntaréis. Un latido incesante y limpio, sin que nada lo sujete, busca la pureza del sonido, sostenerla entre sus manos, rojo y vivo, abrazarlo, abrazarlo... y por fin, dormir para siempre.

Natacha  G. Mendoza

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