Natacha  G. Mendoza

Amante del arte y la literatura. Reside en Canarias, donde encuentra la inspiración para escribir.

Dibujo de Ángel Idígoras

Querido, Julio.

Querido, Julio.
Hace tiempo que guardo esta carta, no en un cajón, ni entre mis libros, sino dentro de mí. Creo que es el momento de dársela, desgraciadamente de forma simbólica, aunque sé que de alguna manera podrá leerla. 
Si supiera la de veces que he deseado ser su alumna, o simplemente alguien que lo mira de cerca, lo escucha. La de preguntas que no he podido hacerle, porque se fue pronto, y el tiempo nos colocó diferente, lejanos. He soñado con esos Cafés de París, siempre en invierno. El frío nos hacía crujir las palabras, y usted, tan Cortázar, pronunciaba mi nombre de esa forma única que nadie podrá copiar. Allí, podíamos ver pasar a la Maga, llena de soles, de incógnitas, y las palabras gravitaban alrededor de ambos, como meteoritos que pronto encontrarían un final. 
Julio, quiero agradecerle tanto, esa manera de ponerme en pie cuando le leo, toda la riqueza que ha dejado en forma de eternidad. Ojalá pudiera estar con usted unos instantes, mirarle a esos ojos y esperar la inteligencia de su voz. No soy más que una aprendiz cuando toco sus libros -todos- y cada vez que los leo, siento que es la primera vez. 
El lenguaje nos esclaviza, querido Julio. Nos hace vulnerables, evidentes, pero estoy segura, que con usted, hubiera sido diferente. ¿Le hablé del idioma silencioso? Esa conexión que nos deja solos ante el mundo. Porque cuando yo termino de leerle, y cierro el libro, usted sigue de alguna forma escribiendo, sí, desde donde sea, sigue, y riega a los cronopios, le da de cenar a Rocamadour, pasea por la orilla de todos los fuegos y lo cuenta, lo sigue contando, usted -como esta carta- no tiene fin... jamás lo tendrá, Cortázar...

Natacha  G. Mendoza

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