Natacha  G. Mendoza

Amante del arte y la literatura. Reside en Canarias, donde encuentra la inspiración para escribir.

Natacha  G. Mendoza

Los Bares del Diablo

Un tal Luca, se pone a caminar por la ciudad, termina entrando en un Bar. Una tal, María, va distraída, sin rumbo, y entra al mismo Bar. Luca, que aún no había decidido donde sentarse, clava sus ojos en el rostro de María, pálido, desencajado. Decidida, va a la barra y ordena una bebida. Él, sigue mirándola, sin saber por qué. María, se toma el trago. Y pide otro. Luca se dirige a la barra, colocándose cerca de ella. María ignora por completo todo lo que la rodea. Un Bar con luz del día es como un cementerio a las tres de la mañana. Ellos, que habían caminado desde diferentes lugares de la ciudad, se unieron _llamémoslo casualidad_ en ese punto. ¿Cuántas posibilidades hubieran tenido de conocerse de otra forma? A lo mejor, llevaban cruzándose mucho tiempo, María cabizbaja, Luca, acelerado y mirando los letreros, el semáforo de la calle Ruiz, las llamadas perdidas de su jefe. A lo mejor, llevaban vidas pasando, uno al lado del otro, y sus ojos, no han funcionado. Pero hoy, están hombro con hombro. Él ya sabe que ella existe, pero María aún sigue con la mirada perdida. ¿Una bebida? Quizá pidan a la vez, ella escuche la voz de Luca. Un roce accidental, o, algún susurro. No sé qué haré con ellos, si enfrentarlos de forma violenta y apasionada, o lanzar a María fuera del maldito Bar sin que sepa de la existencia de ese Luca, que a estas alturas de la historia se desespera por besarla, por decirle que la lleva buscando todas sus vidas. Podría borrar a María con una tecla de este ordenador, y dejarle a él la memoria intacta. Desaparecerla del texto, extirparla, podría dejar a Luca agonizando de amor, mientras destroza el Bar, gritando un nombre en blanco.

Natacha  G. Mendoza

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