Natacha  G. Mendoza

Amante del arte y la literatura. Reside en Canarias, donde encuentra la inspiración para escribir.

(Pintura de Vocent Giarrano)

LOS BARES DEL DIABLO

Conocí al diablo en Dublín hace dos otoños. Yo frecuentaba un pub de esa ciudad. Daba igual la hora a la que entraras, siempre era de noche. Me encantaba ese ambiente verdoso y metálico. Las mesas de un caoba viejo, con marcas de clientes; fechas, nombres, símbolos. Pocos puntos de luz, de forma intencionada, la barra en resplandores magenta. Era casi divino ver como al barman le caía sobre su sombra una cascada dorada de diminutas ¿luciérnagas? Me sentía tan bien en ese antro que dejé de preguntarme por todo; me sumía en uno de sus sillones con la cerveza helada. Eran las doce del mediodía, cuando ella entró. Lo recuerdo porque la puerta sonó diferente, no intentaré describir el ruido, ya que no era de este mundo. Su figura estirada, oscura, se deslizó hasta la barra. Llevaba unos tacones imposibles, cabello largo, rojo. No podía ver más. Raziel, el barman, palideció...

-¿Otra vez aquí?- susurró Raziel

- Vengo a cobrar, Raz- 

Ella tenía una voz de hierro, distinta a todo, no podría describirla con este lenguaje débil y terrenal. Raziel seguía inmóvil, cada vez más oscuro, la barra iba desapareciendo, sumiéndose en una profunda sombra.

-¿Necesitas ayuda, Raz?- pregunté

Un terrible silencio fue la respuesta; no se movían, no hablaban, el pub había quedado a oscuras. Lo único que alcanzaba a ver, era la silueta de ella. Inmóvil, de espaldas.

-Quizá usted pueda pagarme- Rompió el silencio con esa maldita voz.

Me hizo temblar, Raziel ya no estaba, no lograba encontrarlo tras la densa oscuridad. 

-¿Cuánto dinero quiere?- pregunté

-¿Dinero?- Preguntó irónicamente y comenzó a reírse de forma estruendosa, tapé mis oídos. Era un ruido infernal, insoportable.

- Eres un ser puro- susurró, y al abrir los ojos la tenía a un centímetro de mi cara. No podía moverme, ni hablar, su mirada era ¿fuego? La piel tan pálida, tan pegada a los huesos. Dejé de sentir, todo en mí se marchaba, podía adivinarlo pero no lo sufría. Ella seguía tan cerca, mirándome con endemoniada fuerza. Todo se estaba cayendo, las paredes, la oscuridad...

-Chico, ¿quieres otra?- La voz de Raziel me sobresaltó

-¿Dónde está ella? ¿Estás bien?- pregunté desesperado

- Creo que no te serviré más, muchacho- y se alejó hacia la milagrosa barra de siempre, para hacer las cosas de siempre, y las diminutas luciérnagas ya no caían por su sombra. Pude darme cuenta: él, era la luz.

Natacha  G. Mendoza

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