Relatos por:

Belkis M. Marte

Belkis M. Marte. Nació en San Cristóbal, República Dominicana el 21 de Septiembre de 1966. Sus estudios primarios se desarrollaron en la escuela rural de El Tablazo, localidad perteneciente a San Cristóbal, ciudad en la cual cursó el bachillerato en el colegio Emilio Prud'Homme.


A la edad de 19 años emigró a Los Estados Unidos, asentándose en la ciudad de New York. Tan pronto como arribó se inscribió en Hostos Community College, donde obtuvo un grado Asociado. Años más tarde ingresó a Mercy College, obteniendo una licenciatura en ciencias del comportamiento.
 

Madre de tres hijos, su mayor obra ha sido la de educarlos, convirtiéndolos en dos maestras y un estudiante de producción musical.


Belkis labora como Para-Profesional en el Distrito Escolar del Bronx y combina su labor educativa con la creación literaria. “Memorias de mi infancia” es su primer libro. Editado por Oscar Zazo  en el año 2016.  En el 2017, lo publicado en Inglés y en Español, con la editorial Books&Smith.  Con el mismo participó en la feria del libro Lacuhe, 2017.  Como también en la 2da Feria Internacional del Libro, New Jersey 2017.  Su inclinación hacia la poesía la ha conducido a preparar el material para su segunda producción.  Su libro se puede encontrar en Barnes and Nobles online, Amazon, Books&Smith online y en Lulu online.

Héctor y la bruja 

Era una noche muy oscura. La luna apenas iluminaba el cielo y había nubes negras anunciando tormenta. Como solía, yo estaba sentada en la pierna derecha de Papacito. Algunas de mis hermanas cuchicheaban en una esquina de la sala. Mi mamá fumaba su cachimbo soltando unas volutas de humo que me quitaban la respiración. De repente una ráfaga de viento cerró con violencia una de las ventanas de la sala. Yo corrí a averiguar por qué se enojaba la naturaleza. 


Un fuerte viento que amenazaba lluvia remeneaba la mata de mango “mameyito” que había junto a la casa. “!Quítate de la ventana y váyanse a acostar que ya es tarde”. Gritó Papacito. 


Mi hermanita y yo, ya en la cama, oíamos la lluvia caer con fuerza sobre el tejado de zinc. Siempre había algunas goteras dentro de la casa y mi mamá y mis hermanas ponían jarros allá donde caían. El ruido de la lluvia y el de las goteras en los jarros de aluminio componían una melodía que era música para mis oídos y que invitaba a arrebujarse con la frisa. Todo era muy acogedor. 

Sin embargo, la lluvia arreciaba, los relámpagos y los truenos me estremecían y el miedo comenzaba a apoderarse de mí. Ya, cada vez que tronaba, un chillido salía de mi garganta. 


El agua pegaba muy fuerte en las paredes de tabla de mi casa. Incluso, finísimas gotas casi pulverizadas, se colaban por entre las tablas. Las ventanas se movían y el viento amenazaba con abrirlas. Por un momento la brisa, la lluvia y los truenos cesaron, y sin darme cuenta fui cayendo en los brazos de Morfeo. 


No se cuanto tiempo llevaba dormida, pero de repente me desperté con un estruendo como si el mundo se estuviera acabando. Un relámpago iluminó por completo la noche al tiempo que el trueno estallaba en mis oídos. El estampido fue tan fuerte que todos saltamos de la cama. 


Mi hermano no dormía con nosotros. Mi papá le había construido una casita al lado de la nuestra para que él, siendo el único varón pudiera tener, dizque, privacidad. 


Con el ruido de la lluvia, con los truenos y los relámpagos, se despertó Betico (así le llamaba mi papá a mi hermano) el cual empezó a vocear detrás de la puerta, “!Papacito véngame a buscar que aquí hay una bruja!”. 


Al escuchar sus gritos, todos nos alarmamos. Papacito saltó como un felino. Agarró el machete que siempre guardaba bajo la cama y corrió hacia la puerta abriéndola de golpe. El viento y el agua casi 
lo tumban. Se armó de valor y fue a “rescatar a su muchacho de brazos de la maldita bruja”. Cuando llegó donde él, mi hermano temblaba como una hoja. Estaba tan asustado que casi pierde el conocimiento. 


Papacito lo cargó y lo metió en la casa. Todos estábamos esperando, casi más asustados que él. Betico casi no podía hablar. Con voz entrecortada dijo “En mi casita hay una bruja”. Contaba como podía, que la bruja hizo tanto ruido, porque trataba de llevárselo. Papacito le decía que las brujas no existen, pero Héctor lo interrumpía tratando de convencerlo de que sí. Papacito quiso salir afuera para demostrarle que no había nada que temer. “Sí existen”, aseguraba, “Y si sales te matará”. Mi hermano se aferró a mi papá y no lo dejó salir. 


Esa noche, Betico durmió bajo el regazo de Papacito y Mela. Nosotras estábamos mudas del miedo. La tormenta persistió hasta la madrugada. 


Por la mañana, al despertar. Le preguntamos a Héctor por lo sucedido la noche anterior. Él repetía lo del enorme ruido que hizo la bruja tratando de entrar.Cuando Papacito abrió la puerta de la casita para inspeccionar los daños que había ocasionado la tormenta. Soltó una carcajada que inundó el campo. Al mirar, descubrió que uno de los palos de soporte que se usaban para agarrar los guanos y las yaguas, se había soltado con la tormenta y al caer había provocado el estruendo. 

Todos nos empezamos a reír; bueno, todos menos mi hermano, que renegando se echó las manos en la cabeza. Mi papá lo riño reiterándole que las brujas no existen. Son solo “cuentos de camino”. Pero echándole un brazo por el hombro, le dijo: “Venga mijo vamos a repararlo”. 
 

Belkis M. Marte
Belkismarte28@gmail.com

Belkis  MMarte

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