Relatos por:

Belkis M. Marte

Belkis M. Marte. Nació en San Cristóbal, República Dominicana el 21 de Septiembre de 1966. Sus estudios primarios se desarrollaron en la escuela rural de El Tablazo, localidad perteneciente a San Cristóbal, ciudad en la cual cursó el bachillerato en el colegio Emilio Prud'Homme.


A la edad de 19 años emigró a Los Estados Unidos, asentándose en la ciudad de New York. Tan pronto como arribó se inscribió en Hostos Community College, donde obtuvo un grado Asociado. Años más tarde ingresó a Mercy College, obteniendo una licenciatura en ciencias del comportamiento.
 

Madre de tres hijos, su mayor obra ha sido la de educarlos, convirtiéndolos en dos maestras y un estudiante de producción musical.


Belkis labora como Para-Profesional en el Distrito Escolar del Bronx y combina su labor educativa con la creación literaria. “Memorias de mi infancia” es su primer libro. Editado por Oscar Zazo  en el año 2016.  En el 2017, lo publicado en Inglés y en Español, con la editorial Books&Smith.  Con el mismo participó en la feria del libro Lacuhe, 2017.  Como también en la 2da Feria Internacional del Libro, New Jersey 2017.  Su inclinación hacia la poesía la ha conducido a preparar el material para su segunda producción.  Su libro se puede encontrar en Barnes and Nobles online, Amazon, Books&Smith online y en Lulu online.

A chele los Mosquitos

“Abuelo, abuelo, ¿qué le pasa?” “¡Ay, mija, estos mosquitos no
me dejan en paz! ¡Me están matando!” Contestó mi abuelo.
“Pues mátelos usted a ellos, abuelo”, respondí. El anciano sonrió
a carcajadas, exponiendo sus encías sin dientes ante mi atrevido
e inocente comentario. ¡Tituaaa! Se golpeó el viejo en un brazo,
acabando de repente con uno de los molestosos insectos. Mientras
tanto, yo agarraba la escoba para alcanzar otro que estaba posado
en el techo, justo encima de mí. “Te doy un chele colorao por
cada mosquito que mates, Kinkin.” (Así me llamaba mi abuelo.)
“¿De verdad, abuelo?” Le pregunté, emocionada. “Claro,
¿cuándo te he mentido?” Me dijo, guiñándome un ojo con
picardía. Llena de emoción y pensando que pronto me haría rica
con mi nuevo empleo de matadora de mosquitos, corrí al patio
donde se encontraban mis hermanas Ana y Magda para
informarles de la oferta. Les dije que con lo que ganásemos,
iríamos a comprar muchos helados donde Marino.

Corrí adentro de nuevo, seguida de mis cómplices. Revisamos

¹Chele: Centavo

cada esquina de la casa en busca de mosquitos. Donde quiera que
golpeábamos con la mano abierta, dejábamos una mancha de
sangre como muestra de los asesinatos de los molestosos
insectos. Cada vez que mataba uno, corría donde mi adorado
abuelo. “¡Ya llevo tres!” Le grité la tercera vez que regresé. Él
contaba con entusiasmo, incitándome a seguir.

Al final de la jornada, yo había acumulado alrededor de siete
mosquitos. Mientras contaba conmigo, abuelo depositaba en el
centro de mi mano derecha los cheles coloraos que me había
ofrecido. Me convertí en la nieta más feliz del mundo y, en un
impulso, le salté encima, dándole un sonoro beso en la cara, al
tiempo que salía corriendo a la casa del vecino para comprar los
deliciosos helados. Detrás de mí, oía la voz de abuelo
gritándome, “No vayas a gastar tu dinero donde ese hipócrita”.
Marino vivía al lado de la casa de mis abuelos. Era pastor de una
iglesia y, según mi abuelo, no trabajaba, pero le
quitaba el dinero a la gente. No tomaba agua fría porque
supuestamente la electricidad no había sido inventada por Dios,
pero lo cómico era que vendía helados. Por eso mi abuelo le
llamaba farsante. Aquello, por supuesto, me tenía sin cuidado; yo
solo sabía que los helados eran riquísimos. Si Marino no quería
beber agua fría o comer helados, ése era problema suyo.
Mientras tanto, yo me deleitaba del fruto de mi trabajo. Cuando
regresé a la casa, mi abuelo me miraba y se reía viendo como yo
disfrutaba mi helado. Dijo, “Si el agua fría no es de Dios,
entonces el condenado de Marino está vendiendo pedacitos de
infierno a chele”. Todos nos reímos al oír las ocurrencias de mi
abuelo. “La abuela los va a matar cuando vea cómo le han
dejado las paredes con las marcas ensangrentadas de los
Mosquitos”.

Siempre recuerdo lo agradable que era escuchar a mi abuelo
decir cosas chistosas. Cierto éso de que la vida no se mide por el
número de respiraciones que inhalamos, sino por los momentos
que son tan importantes como para dejarnos sin respiración. La
sonrisa de mi abuelo es un regalo especial que me inundaba el
alma y que llevaré conmigo por el resto de mi vida....

Belkis M. Marte
Belkismarte28@gmail.com
(Historia tomada de mi libro, Memorias de mi infancia)

Belkis  MMarte

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