Ruth Ana López Calderón

Ruth Ana López Calderón 
(Sucre, Bolivia, 1968).

- Poeta de formación autodidacta.

- Libros publicados:

 

  • DESDE LAS PROFUNDIDADES (2013). Black Diamond Editions (EEUU)

  • SIN ÓBOLOS PARA CARONTE (2014) Editorial El País (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia).

  • ITINERARIO DE UNA METAMORFOSIS (2016) MediaIsla Editores.

- Incluida en antologías:

 

  • Palabras descalzas (2014) Santa Fe-Argentina.

  • Los tres cielos. Poesía amazónica de Bolivia (2014) Editorial 3600.

  • La mano en la palabra (2015) MediaIsla Editores.

  • Voces de América Latina (2017) MediaIsla Editores.

  • Poetas bolivianos contemporáneos (2018) Amargord ediciones.

- Premios:

 

  • Mención de Honor en el Premio Nacional de Literatura Dante Alighieri 2014, por SIN ÓBOLOS PARA CARONTE.

- Otras publicaciones:

 

  • Poemas aparecidos en diversas publicaciones electrónicas, revistas virtuales y sitios web de contenido literario.

“Itinerario de una metamorfosis”
Una radiografía de lo atrozmente cotidiano

                                                                                                           Por Sergio Borao Llop sbllop@gmail.com

Toda creación artística es, de uno u otro modo, un testimonio. En algunos casos, éste resulta en extremo palpable, como puede ser en las obras autobiográficas, diarios, narraciones explícitas acerca de hechos reales, relatos históricos… Más complejo, más difícil para el autor, más inolvidable para el lector, es plasmar ese testimonio sin un exceso de detalles superfluos, adecuarlo al ritmo de una novela o expresarlo en forma de poema. Me viene a la cabeza la novela de Joseph Conrad: “El corazón de las tinieblas”, de 1902. En ella, Conrad relata detalles de un viaje que él mismo realizase años atrás. Si ese viaje sólo fue una suerte de escenario sobre el que desplegar la espléndida narración o si algo de lo que acontece en el libro tuvo lugar realmente en los márgenes del río Congo, es algo que probablemente nunca sabremos. Siete décadas más tarde, ese testimonio sirvió a Francis Ford Coppola para rodar su mejor película: “Apocalypse Now”. En ella, el río es otro, el lugar es Vietnam, hay una guerra, meros detalles que diferencian una historia y otra; la existencia del infierno es quien hermana ambos relatos. El testimonio de Conrad y el de Coppola confluyen y se entremezclan, dejándonos la visión de lo descarnadamente real: La naturaleza humana.

Aunque el testimonio de un artista determinado sea único y se refiera a aquellos hechos de los que ha tenido conocimiento personalmente o en los que ha tomado parte, su obra bien puede resultar muy familiar (demasiado familiar incluso) para quien accede a ella. Este es el caso, sin duda, de “Itinerario de una metamorfosis”, el nuevo poemario de Ruth Ana López Calderón. Quien allí se asome, verá, como asomado a un lago de aguas quietas, el reflejo de otra historia; tal vez la propia, tal vez la de alguien cercano.

Desde el título, se nos deja claro: “Una metamorfosis”. Una. Concreta. No se pretende ejemplificar nada, ni contar la epopeya de un pueblo, de una clase social, de un sexo. Pero el arte juega sus cartas sin tener en cuenta a su instrumento. Este libro fue escrito por Ruth, pero pudo ser obra de cualquier otra mujer, en cualquier otro país, siempre y cuando las circunstancias sociales, económicas  y familiares hubieran sido similares, cosa que sucede con más frecuencia de la que nos gustaría admitir.

Si en su libro anterior (Sin óbolos para Caronte) son protagonistas la pobreza y la muerte, en este se nos habla del maltrato, del abuso infantil, del crimen más atroz –porque sus víctimas son niños- y más impune que se conoce. Citaré el título de un poema de la propia Ruth “No es fácil”. En efecto, no lo es. Ante estas cosas el mundo calla. No se cuentan. No son buena propaganda para un país, ni tema de conversación en las tertulias familiares. Si alguien saca el tema, de repente se crea como una atmósfera de incomodidad. Hay silencios elocuentes, miradas huidizas, fervientes deseos de pasar de puntillas sobre esto y derivar la conversación hacia otros territorios más amables. Pero la poesía no calla. No está en su ADN. El artista sabe que es necesario gritar, aunque el grito tenga los bordes aterciopelados o se vea inmerso en una música de violín. 

Si esto fuese una novela, su estructura seguramente sería lineal y los hechos se narrarían –si ello es posible- de forma sucesiva. Pero el lenguaje poético no está sujeto a esas convenciones. Así, apenas veremos pinceladas, fugaces destellos, y sobre todo: Sombras. O una única sombra planeando ominosa sobre nuestras conciencias.

El libro consta de cuarenta y siete poemas (uno por cada año vivido o sufrido, elija cada cual el participio que prefiera) y un epílogo, escrito en momentos en que la autora no creía que su vida pudiese alargarse mucho más. Los poemas  no están plagados de imágenes seductoras o terribles, como ocurría en sus anteriores poemarios. Por el contrario, son aparentemente sencillos. Incluso, en ciertos momentos, tenemos la sensación de estar leyendo algo pleno de inocencia. Pero ya deberíamos saber (somos habitantes del siglo XXI) que tras la inocencia siempre se esconde lo terrible. También en estos poemas.

Ruth escribe, por ejemplo:


“Candy era su nombre
Demasiado bella para los pequeños ojos
que contemplaban”

Creemos estar ante una estampa infantil. Y lo estamos. Sin embargo, unos versos más

abajo, aparece lo atroz:


“Pero el tío era el padre, 
¿quién discute a mamá?”

No se nos explica nada más. No es necesario descifrar el enigma para saber que una oscuridad densa y poderosa subyace tras esas palabras. 

Otro ejemplo: El poema Florecillas blancas. El título nos sugiere, de nuevo, una estampa bucólica, cálida. Pero en cuanto nos sumergimos en él, comprendemos que nuevamente lo más liviano se convierte, de golpe –y esta palabra no es casual-, en lo más tenebroso. Caemos por una espiral de violencia y desolación. “Los juegos nunca serán los de antes”, concluye.

Imposible salir indemne. La vida deja huella, y más aún en aquellos cuya personalidad se está formando. Por eso, la segunda parte del libro nos habla de otra cosa: De las cicatrices, sobre todo de las no visibles. Cuando el maligno posa sus garras sobre nosotros, dejando a su paso surcos de azufre, el ángel que nos habita resulta terriblemente malherido, o peor: Muerto. Tal vez lo recordemos con añoranza, pero sabemos que ya no está o permanece alicortado y enfermo en algún rincón del que no hay regreso. Esa nostalgia se aprecia en el poema Mutaciones:

Soñé con la niña 
tal como era entonces 

Nada más prosaico, pensarán. ¿Quién no soñó alguna vez con el niño que fue? ¿Quién no añoró los tibios efluvios de la niñez irrecuperable? Pero cuando la maldad está presente como una persecución interminable, el alma indefensa, por puro instinto, sabe que debe ocultarse. ¿Y dónde se oculta un alma? Eso mismo se pregunta la poeta:

¿en qué lugar del laberinto se quedó escondida?

Nosotros buscaremos nuestra propia respuesta. Quienes hayan sufrido en sus propias carnes situaciones de maltrato, probablemente ya la conozcan. No es, de esto podemos estar seguros, un paraíso. En el infierno no existen paraísos. A lo sumo, mínimas lagunas de sal, cuevas, lugares que, aun siendo lóbregos, pueden servir para escapar durante un brevísimo lapso de tiempo a la insoportable realidad. 

“La arrulló la locura
en incontables noches de insomnio”

Pero la locura no es una vía de escape. Tan sólo un laberinto más elaborado, más perverso. La realidad permanece. Toma otras formas, viste otros ropajes, se oculta tras otras máscaras, pero el mal, con su ígnea sonrisa, sigue presente. Por eso la voz se pregunta, nuevamente:

“¿de qué evolución se enorgullece el hombre?”
Porque, en el fondo, la sumisión a los instintos, a los peores, sigue rigiendo nuestras vidas. Todo se oculta, se mete bajo la alfombra de lo cotidiano, se disimula con rezos, se cubre con el maquillaje del silencio. Se aplica la famosa técnica del avestruz. Y mientras, tras las paredes de las casas, en lugares solitarios o escondidos a las miradas ajenas, todo sigue sucediendo, ante la pérfida hipocresía de la sociedad. “It is happening again (Está sucediendo nuevamente)” , nos decía el gigante en la mítica serie televisiva Twin Peaks. En referencia a lo que aquí nos ocupa, esa frase podría repetirse incesantemente y en cada caso sería cierta. 

Tal vez por eso, la voz quebrada de Ruth Ana, sus palabras que apenas muestran mínimos detalles del espanto, nos trae a la memoria aquella otra voz: La de Kurtz en El corazón de las tinieblas, que obstinadamente repite mientras la luz se va oscureciendo: “El horror, el horror…”

Reseña de Sergio Borao Llop para la revista MediaIsla.

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