Edición-25 Año 2019

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Foto por Cayetano Gil

Vigésima quinta edición

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Bienvenidos amigos al mundo de la cultura y el arte de “Visítame Magazine Virtual”

Capítulo 1
        La información es poder

(En algún lugar de la selva salvadoreña)

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     Alex Méndez vestía un ajustado BDUs (Battle Dress Uniform), un traje usado por los Navy SEALs para operaciones de infiltración. Con el camuflaje que le originaba la tela —y cada centímetro expuesto de su piel pintado de azul y negro— hubiera sido más que suficiente para desaparecer en la selva salvadoreña, pero Méndez, entrenado por los Green Beret, tenía tatuada una frase en su cerebro:

     Si crees que es suficiente… entonces no lo es.
  Por eso traía puesto un pesado Ghillie (el mundialmente famoso traje de francotiradores), que le permitió mimetizarse con el follaje.
   Llevaba tres días escondido en la selva, esa era su especialidad y la principal razón de que lo hubiesen contratado. Una vez que le facilitaban las coordenadas de su objetivo, la infiltración, el seguimiento y la elaboración de un plan de ataque se convertían en la prioridad de su vida… era como una especie de obsesión.
   Apenas dormía unas horas y solo durante el día, el resto del tiempo lo pasaba despierto y vigilando el objetivo. A solo 400 metros de su nido estaba la mansión de Héctor Ramírez, para muchos, el traficante de armas más poderoso de El Salvador.

***

     Lo más importante es conservarse hidratado, esa regla era su mantra. 
   Desde que se infiltró en la selva, Alex ingería enormes cantidades de agua. La humedad de las noches y las altas temperaturas, lo mantenían en un baño de sudor constante. Sabía que perdía peso prácticamente por hora, y con el paso de los días sus sentidos se irían debilitando. Para cuando finalizara su misión, estaba seguro de que habría perdido al menos unas diez libras.
    Tenía suficiente agua para el resto de la semana, barras de proteína energética y una veintena de paquetes MREs (estos últimos eran especiales, diseñados exclusivamente para comandos de las fuerzas especiales estadounidenses).

         Que interesante… hoy tenemos un cambio de guardias.
     Alex creó una rutina para espiar a los guardias de la mansión. Tenía una pequeña base de operaciones a unos 300 metros de su escondite actual, allí era donde ocultaba su kit de primeros auxilios, sus provisiones, su teléfono satelital y el resto del equipo para crear una extracción de emergencia en caso de ser necesaria. En ese nido es donde tenía su modernísimo equipo de espionaje.
      Llevaba colocada una lente de visión nocturna, la cual no se quitaba para nada. El AN/PSQ-20 podía catalogarse con facilidad como una lente futurista. No solo le daba una perfecta visualización nocturna de todo su entorno, sino que le permitía obtener señales térmicas de sus enemigos, e incluso grabarlos. Su vestuario, y esa capacidad extraordinaria de escudriñar la noche, lo convirtieron en otra parte más de la jungla. Se familiarizó con los animales, llegó a reconocer de dónde provenía cada sonido, y a la postre, se fusionó con la selva de tal manera, que llegó a transformarse en un depredador más. 
     A lo que más se asemejaba dadas sus cualidades, era a una enorme pantera negra en espera de una sola oportunidad para lanzarse sobre su presa.
     Frente a él yacía instalado un potente micrófono direccional que le permitía escuchar las conversaciones de los guardias. En una libreta iba anotando las palabras claves que destacaban en las charlas. Una de las técnicas infalibles dentro de las operaciones de infiltración y espionaje, era familiarizarse con el enemigo. Por eso, en los tres días que llevaba escondido, Alex conocía perfectamente a cada guardia, sus vicios y costumbres.
    Cuatro Ojos: un tipo de gafas oscuras, las que al parecer no se quitaba ni para dormir. Alex miró su libreta. Muy bien, ya es hora. Como cada noche, Cuatro Ojos se separó de la puerta que se mantenía custodiando, dejó su AK-47 contra la pared y se echó una larga meada. El micrófono captó la exclamación de placer cuando Cuatro Ojos liberó su vejiga.
    Señor Tabaco: era otro guardia encargado de cubrir los muros de la mansión. Este tenía la mala costumbre (muy conveniente para Alex), de llamar a su amante y hablar con ella por media hora mientras se fumaba un puro.  
      El Gordo y el Flaco: era un dúo que patrullaba el camino de acceso a la mansión. Todos se mantenían en contacto a través de los walkie talkie que les colgaban de sus cinturones. Quizás fuera por lo inaccesible del lugar, o por lo relajados que se sentían noche tras noche, los guardias cometían día tras día un alud de errores en cuanto a la definición de cuidado y mantenimiento de un perímetro de seguridad. Esto significaba que cuando Héctor llegara, se pondrían más tensos, pero al no haber practicado constantemente técnicas para un asalto frontal, o maniobras de escape, Alex iba a contar con el factor sorpresa. Aunque, como solía decirle uno de sus entrenadores cuando pasó el curso intensivo para formarlo como un Green Beret: …ningún plan es efectivo hasta que lo pones en el terreno, y solo entonces te darás cuenta de que nada saldrá según lo planeado. Por tanto, siempre ten un plan B, C, y así sucesivamente hasta el Z.   
    Alex lanzó hacia el aire el microdrone (un diseño militar de uso exclusivo). El microscópico drone contaba con un potente lente que le enviaba imágenes térmicas del interior de la casa y sus alrededores. Gracias al drone, Alex ya había trazado un bosquejo de cada rincón de la mansión, sus habitaciones, cocinas, salas de juego. De entre tres o cuatro veces al día dibujaba en su cuaderno diferentes salas de la casa como si se tratase de un juego, una especie de crucigrama que le permitía ubicarse y crear salidas de emergencia. La habitación de Héctor estaba señalada con una X, como la del tesoro. La mansión, escondida en una de las tantas selvas salvadoreñas, se había convertido en el lugar más seguro de Héctor, o al menos eso él pensaba.
    En cuanto inició el amanecer, Alex se retiró de su nido, dejando en activo algunos sensores de movimiento. Regresó a su campamento para comer algo y dormir algunas horas, luego volvería a repetir su rutina. 

Capítulo 2
Otro amanecer

(Hotel Paraíso Azul, Cayo Santa María, Cuba)

Otro amanecer te sorprende en cama ajena con el alma vacía y la cartera llena. 
Te levantas con prisa, te alistas, pasas revista, 
tú lista, tienes cita con otro turista…

Los Aldeanos

     Jimena abrió los ojos y lo primero que vio ante sí fue el pomo de Viagra sobre la mesita de noche. Estaba completamente desnuda…, justo como a él le gustaba. La palma de su mano se mantenía en pose de descanso sobre uno de sus senos, casi con un ademán de sujeción, como si temiera que ella se fuera a escapar. 
         Y ganas no me faltan, pensó. 
         Al girarse a un lado se topó con el rostro de Gilberto. 
      Con la punta de los dedos le levantó el brazo y lo tiró hacia un lado, como si intentara quitarse algo podrido de encima.  
        Todo le huele a viejo…  
     Gilberto debía de rondar los sesenta o setenta años. Jimena no podía estar segura. Destacaba en él su pequeña panza y la piel del cuello y las manos lucían más arrugada que el resto, aunque estaba en muy buena forma, y se cuidaba más que un gallo fino. Muchas veces lo había pensado, e incluso se percató con el pasar de los meses que el viejo nunca tenía excesos de nada. Con este “cliente” todo era moderado, a su tiempo, bueno… casi todo. Era verdad que Gilberto comía moderadamente, bebía de igual manera, solo para el sexo tenía un apetito como si fuese un semental de veinte años, y todo gracias a sus milagrosas pastillas de las que nunca se separaba. 
       Jimena se corrió hacia un lado.
      El maldito viejo roncaba como un oso, lanzando una pestilencia de aliento hacia su cara, no lo quedó más remedio que darle la espalda. Se levantó y fue hasta su bolso, sacó un paquete de ropa interior limpia, una nueva blusa y un short deportivo. Por el piso de la habitación estaba el rastro de la noche anterior; todavía en una de las sillas estaba enganchado su sujetador. La tanga, sí que estaba desaparecida. No tenía ni idea de hacia dónde la habría lanzado Gilberto, y a decir verdad, tampoco tenía intenciones de ponerse a buscarla. 
      Se dirigió al baño para darse una larga ducha. 
      Agua bien caliente es lo que necesito, que me arranque la baba asquerosa de este viejo. 
    En su camino hacia el baño se percató que sobre la mesa de la sala estaba la laptop de Gilberto. Presionó varias teclas y la pantalla se iluminó, no tenía contraseña. Perfecto, por lo menos voy a revisar el Facebook.
     Jimena no sabía con exactitud quién era Gilberto y su función dentro del hotel. Según le explicó Félix —el gerente—, era uno de los arquitectos principales del proyecto de renovación de los puentes del pedraplén (que estaban cayéndose a pedazos, por lo que era una prioridad el repararlos, todo allí se resumía a lo más elemental; asegurar la vía principal de entrada de los autobuses repletos de turistas era una tarea de máxima prioridad para los miembros del Politburó). Una posición como esa significaba codearse día a día con los “peces gordos” del gobierno. Quizás por eso, era que Gilberto tenía acceso ilimitado a los Cayos, podía quedarse a dormir en la habitación que quisiera y escogía sin reparos a la bailarina que más le gustara para pasar la noche. En ese caso, ella era la chica de turno. 
   ¡Qué suerte la mía!
Tomó la laptop bajo el brazo, también su bolso y entró con sigilo en el baño sin dejar de vigilar a Gilberto. No quería que se despertara y la viera fisgoneando, aunque ella solo deseaba chequear un momento su cuenta en Facebook… Bueno, quizás un poco más. Fantaseaba con la idea de ir dándose una ducha a la par que miraba los videos de la plataforma digital más famosa del mundo…, aunque al final todo se resumía a una ambición simplona: usar la Wifi gratis del hotel.  

Capítulo 3
¿Quién controla el dinero?

(En algún lugar de la selva salvadoreña)

    Alex observó su diminuta pantalla táctil. El dispositivo tenía incorporados diferentes sistemas de posicionamiento global junto con un programa para recibir mensajes encriptados. La foto de Héctor Ramírez, mientras se subía a su avión privado, apareció en la pantalla. Había sido tomada hacía menos de cinco minutos. El objetivo venía en camino. 

***

    Héctor Ramírez, de nacionalidad ecuatoriana, poseía una Green Card —la famosa tarjeta verde que les permitía a los emigrantes de todas partes del mundo obtener el añorado sueño americano—, o al menos intentarlo. 
   En el caso de Ramírez, la Green Card, tramitada por uno de los abogados más influyentes de Dallas, le brindaba la oportunidad de viajar a los EU y permanecer en territorio americano el tiempo que fuese necesario para supervisar su red de tráfico de armas. Los principales clientes de Ramírez eran las pandillas salvadoreñas.
   En el imperio de Ramírez todo marchaba bien hasta que cometió su primer gran error dentro del mercado negro. Desviar un cargamento que iba destinado para la MS-13 y vendérselo a las guerrillas colombianas quienes, al no disponer del cash, se lo pagaron con kilos de cocaína de la mejor calidad. Cada kilo fue vendido en Europa con lo que cuadruplicó las ganancias. Ramírez entregó lo acordado a sus socios en Dallas, pero omitió el simple detalle de no contarles que las armas fueron vendidas tres veces por el valor del precio fijado. 

***

  La primera vez los socios de Dallas se hicieron los de la vista gorda, le dieron la oportunidad de que Ramírez les contara sobre sus nuevos ingresos. La segunda vez le reclamaron su parte, Ramírez se negó, exponiendo que una vez que las armas pasaban la frontera de Guatemala, si él triplicaba las ganancias ese era su problema. 
  Por tercera vez el cargamento fue vendido a la FARC, fue entonces cuando los socios tomaron medidas. Ya no habría una cuarta vez, simplemente porque desde Dallas ya conocían los nombres de los contactos de Ramírez. Ahora solo necesitaban reemplazarlo y como Ramírez no se iba a salir a las buenas del negocio, ahí era donde entraba a jugar Alex Méndez. 

Adrían Henríquez


Escritor colaborador para “Visítame Magazine”. Sección New York.
 

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